Hay gente que nace para seguir la corriente y gente como José Luis Sanz Asensio.
Este hombre era ingeniero aeronáutico, pero un día decidió que prefería el barro de Soria a los planos de los aviones. Se fue a 900 metros de altitud, donde el clima es tan duro que la uva tiene que pelear de verdad por sobrevivir.
Esa pelea es, precisamente, la que le da el carácter al Camino a Soria.
Lo que lo hace diferente: No es un vino de laboratorio. Aquí hay diferencias de hasta 25 grados entre el día y la noche durante la maduración. Hay poca lluvia y un suelo calcáreo que exige lo máximo a la variedad Tinta del País. Todo se vendimia a mano, en cajas pequeñas de 20kg, seleccionando solo lo que realmente merece llegar a la botella.
Después de una fermentación natural y 12 meses de crianza en roble francés y americano, el resultado es un vino de color cereza que huele a lo que es: a fruta negra, a balsámicos y a monte bajo soriano.
En la boca no engaña. Es equilibrado, untuoso y tiene esa persistencia que te hace recordar por qué elegiste esta botella y no una del montón. Es un vino con la precisión de un ingeniero y el alma de quien se lo juega todo en el campo.
Un detalle: Las producciones son muy limitadas (4.000 kg por hectárea). No es un producto masivo. Si quieres disfrutarlo como se merece, sírvelo a 16 °C.
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